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8月15日 TIEMPO COMPARTIDO Insinúas que te gustaría
dejar la ventana abierta.
Pareces no entender que para mí
una ventana abierta
es una grieta viva
en el tiempo
sin posibilidad de hilos de sutura.
Quisiste cerrar la puerta.
Yo quiero cerrar ventanas.
Adentro yo:
celebrando entre copas
anfitrión de mis miedos
tiritando de frío
porque se fueron temprano los deseos.
Tú, como debes, desde afuera;
te me quedas mirando
desde el umbral de la cerca
preguntándote,
en silencio
preguntándome
de qué me sirve una fiesta
donde todo es no presencia.
¿Qué te importa?
¡Esta es mi casa!
Si tú cerraste la puerta
no habrá ventanas abiertas.
7月26日 HABITACIONES ::: H A B I T A C I O N E S :::
Entre la espalda y el pecho,
entre la ceja y el ceño,
entre mi infancia y el cielo,
entre lánguido y violento:
En cada vida que intento,
en las mentiras que invento.
Entre el ¡Viva! y el ¡Me muero!
entre las ansias y el miedo,
entre parco y suculento,
entre piano y firmamento.
Entre fuego y mariposa,
entre farsa y argumento,
entre mi andar y entre el viento,
en mi vida, en cada cosa.
Ahí habitas, siempre adentro:
En los héroes de mis cuentos,
entre el sudor y el veneno,
en el ladrar de los perros
y en su carnívoro acento. 7月7日 Manrique y Zarza:: MANRIQUE Y ZARZA ::
Si me preguntas si el cielo es como me lo imaginaba o como nos lo pintan cuando andamos allá abajo, la respuesta es no. Todavía no estoy muy seguro de si a este lugar se le puede llamar “cielo”, no tengo referencia de si estoy arriba, abajo, coexistiendo en un espacio alterno o en una dimensión paralela al mundo donde pasé los últimos 19 años. El que hoy llame cielo a este lugar es producto de la misma fuerza rutinaria con la que la esposa llama cielo al marido, aunque desde hace bastante tiempo su vida de casada sea poco menos que un infierno.
Y no, la muerte tampoco se le parece. Todavía me acuerdo cuando de niño, había ocasiones en las que me costaba trabajo pegar las pestañas porque me imaginaba bien adentro de la cabeza cómo sería morir ahogado, baleado, quemado. O ya en el sueño profundo, las veces en las que mi cerebro construía simulaciones perfectas de cómo sería precipitarme desde un avión y estrellarme contra el suelo, o experimentar una caída libre desde una torre bien alta.
Otra de las cosas que me aterraban era saber si es que el mundo seguiría caminando prácticamente igual. Me producía una rabia secreta y callada el pensar que mi familia y amigos tal vez estarían tristes por un tiempo con mi partida, pero ya pasados algunos meses y en algunos casos años, mi ausencia dejaría de ser un factor doloroso para transformarse en un hecho intermitente, tenue, agridulce.
¿Qué caso tendría entonces, vivir, morir, asesinar, reir, inventar, remover, despertar, anhelar, emprender? Todos esos pensamientos continuaron rebotando en las paredes mi mente hasta bien entrada la adolescencia. Concluí que si bien las paladas de tierra sepultan físicamente los cuerpos de los muertos, son las toneladas de minutos, horas y días, las que terminan de enterrar la esencia de un ser que fue, pero que después del inevitable paso del tiempo, no volvería a ser jamás.
Y me volví un apático. Bueno, en realidad no. Buscaba los placeres inmediatos, los que los deseos me demandaban. Comía, excretaba, dormía, respiraba. Mi naturaleza primaria afloró, la conciencia le delegó el mando al instinto. Hasta que me enamoré. Yo jamás había creído en las charlatanerías de los que dicen que se pueden leer cosas en las palmas de las manos, hasta que la vi. Y no sólo sus manos me contaban historias; en su cabello, sus caderas, sus rodillas y su espalda estaba escrita cada epopeya posible, cada verso capaz de ser compuesto.
Se llamaba Rocío. Ningún nombre podría haber sido más adecuado, su arribo fue precisamente como si un líquido refrescante llegara a empapar las horas más oscuras de mi madrugada. Lo que más me fascinaba era su misterio. Llegaba, se sentaba en el extremo derecho del salón del Edificio A cuando nos tocaba álgebra, redacción y filosofía, y en el extremo izquierdo del B cuando las clases eran biología, química e historia. Tardé poco tiempo en notar que hacía esto para estar cerca de los ventanales y perderse en la contemplación de lo que había afuera, lo que fuera.
A pesar de que jamás cruzamos palabra, había un lenguaje no escrito que nos comunicaba todos los días. Las miradas, los gestos, sus manos sobre su falda y mis sonrisas torpes aún cuando todas las tardes las ensayaba. Por las noches también me prometía que al día siguiente sí le diría que me acompañara aunque sea al Chopo a chacharear, o a donde fuera, la cosa era invitarla a salir y ya lo demás vendría sólo.
En mi mente un día éramos los novios más cursis, otro día amantes violentando nuestros respectivos votos matrimoniale y al día siguiente unos perfectos desconocidos que se dejaban llevar por la pasión que se sembraba en sus vientres de sólo haber cruzado miradas en el metro. Pero la realidad es que era tan cobarde que ya a la hora de la verdad, ni un maldito hola se atrevía a treparse por mi garganta.
Con una mezcla de resignación e impotencia me acostumbre a su presencia en ese salón de clases gris. No sólo eso, la necesitaba, era el único aliciente para continuar en esa escuela a la que me obligaban a ir. Hasta que una mañana no llegó. Ni la siguiente. Y la siguiente tampoco. No pude más y a pesar de que nunca había sido muy sociable con los chavos del salón, me dispuse a preguntarle uno a uno si es que sabían de lo que le había pasado a Rocío.
Hasta que Abraham pronunció las palabras que todavía hoy me llenan la boca de un sabor turbio y alcalino: -¿Quién, la sidosa? Ya está en el hospital. Dicen que fue porque antes de estudiar aquí ya se había cogido a medio mundo. No me consta, pero no lo dudo ni tantito, luego luego se le veia lo puta. Y es que…-
No tuvo tiempo de terminar, mi primera reacción fue darle un madrazo en plena cara. Se cayó al suelo, pero en ese momento yo había caído mucho más hondo y el vértigo que me dominaba era seguramente más grande que cualquiera que ya hubiera experimentado en mis pesadillas infantiles. Salí corriendo del salón sin dirección fija ni un pensamiento claro en la mente. Lo siguiente que recuerdo es mi rostro reflejándose frente a mí en el baño de Plaza Oriente, viendo cómo la sangre se escurría por mi boca, gracias a que me mordía la lengua con fuerza mientras corría para no gritar como demente.
Los siguientes días no me aparecí por la escuela, aunque la idea de ir para investigar algo más sobre Rocío me tentaba. No tuve que ir a la escuela para recibir noticias sobre ella. Al quinto día de no asistir a la escuela, mi mamá me dejó un sobre encima del escritorio, sin hacer ruido, mientras yo fingía dormir. Cuando cerró la puerta, rápidamente me incorporé para tomar el sobre. No era un sobre comercial, se notaba que había sido doblado y recortado a mano. Lo único que en él podía leerse era Pablo Manrique, en letras cursivas, en la parte inferior derecha de una de sus caras.
Todavía recuerdo a la perfección esas líneas, a fuerza de leerlas, releerlas, y después convertirlas en una especie de oración privada:
Pablo:
Como entre tú y yo jamás hubo saludos ni bienvenidas, despedirme sería tan tonto como poner un punto final en un cuento donde no se escribió nada. Al menos no con letras.
¿Sabes? Me gusta mucho tu playera café, la que dice Champions, se te ve súper bien. También me gusta cómo hablas en la clase de filos, se ve que aunque eres medio flojo, te aplicas cuando las cosas te interesan. Supe por chismes que le diste un buen golpe a Abraham, pero como ni tú regresaste ni él quiso que te suspendieran no pasó a mayores, así que ya deberías regresar a la escuela coyón, que no te va a pasar nada.
Ay, no te das una idea de lo mucho que me hubiera gustado tener un novio como tú. Bueno, un novio, el que fuera y como fuera, jajaja. Me hubiera gustado llegar a los 20, saber lo que se siente contar tu vida en veintitantos y ver si es cierto lo que dicen mis hermanas de que una se pone mejor, más sexy. Yo creo que lo dicen porque ya nos les queda de otra y es una forma de aceptar que ya están más rucas, jeje.
Pablo, Pablito. Creo que la coyona soy yo. Qué fácil, dejar una carta póstuma a quien nunca le hablaste, en lugar de haberle dicho de frente que te gustaba. Genio y figura, dicen por ahí. Nunca se me dio eso de hablar, yo siempre he preferido mirar. Y ten por seguro que te voy a mirar por siempre, desde donde quiera que esté, así como tú me mirabas en clase cuando creías que yo no me daba cuenta. Te dejo, mil besos.
Con Amor: Rocío
P.D. Hasta parece carta de telenovela, ¿no? Jajaja.
Jajaja. Jajaja. ¿Cómo chingá se puede reir en una carta una persona que te está diciendo que está por morirse y que a lo mejor ahorita ya se murió? ¿Sería una broma del pendejo de Abraham por lo del madrazo que le acomodé? Todas las posibilidades caían en cascada frente a mis ojos y se rebobinaban para volver a fluir. Una y otra vez. Y otra.
Salí de inmediato de mi cuarto a preguntarle a mi Mamá quién había traído el sobre.
- Era la mamá de una muchacha que falleció. La carta era para ti, la dejó ayer sobre la almohada del hospital, pero la señora trajo también una esquela para toda la familia. No sé, se me hace raro que la mamá de una muchacha tan joven no esté afectada por la muerte de su hija. Si te pasara algo a ti, que Dios no lo quiera, no estaría tan fresca como esa Señora. Pero mejor no pensar mal, que no lleva a nada. ¿Qué decía la carta?
-Nada má, creo que la chava ya estaba medio loca y no sabía lo que escribía. Voy a salir a dar una vuelta.- Salí por la puerta de atrás, tenía tantas ganas de patear algo que el gato al parecer me leyó la mente y salió disparado de ahí. Me dolían las piernas y la cabeza. Tenía náuseas. Sencillamente no podía creerlo.
Tuve que ver como al otro día sus hermanos y sus tíos cargaban la caja y la depositaban en la urna para dar crédito a la situación. Antes de que cerraran definitivamente la lápida, pedí que me dejaran verla. Se veía bien guapa como siempre, aunque visiblemente más delgada. Me parecía increíble que una enfermedad pudiera acabar tan rápido con alguien. No con alguien. Con ella.
Ese día fue otro parteaguas en mi vida. Por las noches prefería perderme en alcohol que permitir a su recuerdo avasallar mi lucidez. Y como una madera que se rinde y se apolilla a voluntad, mi fuerza y mi esperanza se fueron carcomiendo a sí mismas hasta que de ellas sólo quedaron restos endebles en conmemoración de lo que alguna vez fueron.
Siempre fui cobarde, ya le he dicho, y si no me suicidé fue porque me arrepentía en el último minuto, jamás llegué a escuchar el chasquido del revolver dentro de mi boca ni mis pies perdieron el piso frente a los desfiladeros. Opté por el suicidio hormiga, el que se tiene poco a poco hasta que se presenta de repente todo lo que uno se buscó y acumuló, contundente e irreversible.
VIH positivo, decía la prueba. Al momento de leer mis resultados, lejos de sentirme triste o derrotado, saboreé una especie de rara venganza, contra mí mismo, contra el que fue, contra el que se enamoró, contra el que pudo haber besado a una chica y se pasaba las mañanas aferrado a su pupitre esperando una mejor ocasión para acercarse a ella. Además de esa sensación de gusto por aniquilar al perdedor y cobarde que era, otro sentimiento florecía y poco a poco se hacía más grande: La promesa de volver a verla.
Hasta ese momento yo jamás había creído en cosas como el Paraíso o el Infierno, se me hacían escenarios tan burdos y pueriles como los angelitos con plumas de pollo y los diablos con trinches de plástico que se presentaban en las pastorelas. Y sin embargo, me nació una esperanza que se volvió gradualmente en una necesidad de creer.
Irónicamente, los días en los que ya era oficialmente un enfermo terminal, en condiciones agravadas por mi alcoholismo, fue cuando pude reconocer el valor real de la vida y como tal, me acerqué a ella. Me propuse que no me iría de aquí (de la vida, la tierra, como se llame) sin antes haberme llevado mi certificado de prepa. Me decía a mí mismo, con cierto humor negro: a ver si así ya en lugar de mandarme a lavar los mingitorios de los ángeles, me dan chance de ponerme a archivar los expedientes de los pecadores o algo menos chafa.
Dentro de lo que pude traté de tranquilizar a mi familia. Mi mamá jamás dejó de llorar, aunque al final lo hacía ya mucho menos. Mi hermano no me volvió a dirigir la palabra porque decía que el SIDA era una enfermedad de putos y él no quería que supieran que su hermano era un puñal cualquiera. Bien machín bien machín, pero el día en que morí bien que se acercó y besó la caja. A mí me hubiera gustado más volver a echarnos una chela juntos después de jugar básquet como le hacíamos cuando estábamos más chavos, pero bueno, no se dio.
Cuando acabé la prepa tenía unas ganas endemoniadas de entrar a la Universidad a estudiar medicina, para tener conocimientos más amplios de lo que me estaba pasando y hasta me pasaba por la mente unirme a un grupo de investigación para ayudar a desarrollar la vacuna. Hice el examen una vez y lo troné, porque en la prepa estuve más enfocado a las matemáticas que a las cosas médico biológicas. Para el siguiente año que me disponía a reintentar la prueba, el cuerpo ya no me respondía igual.
Lo que parecía una gripe normal e incidental se complicó y resultó ser una neumonía que rápidamente me dejó postrado. Intenté sacar un permiso para hacer el examen a distancia pero rechazaron mi solicitud argumentando que no podían verificar que estaba haciendo el examen sin ayuda y en el tiempo que se requería que se realizara. Me puse triste, sí, pero la verdad es que en ese momento el obstáculo principal a vencer era esa neumonía. Obstáculo que no vencí.
Como ya decía, la muerte no es en absoluto como la imaginaba. En las últimas horas el cuerpo se siente más lívido y como si una luz se fuera metiendo hasta los huesos y luego saliera por cada poro. Al contrario de mi pecho que se agitaba de forma aparatosa, sentía cómo un adormecimiento me trepaba por los pies, me inundaba las caras de los muslos, el sexo, el pecho, los brazos, hasta llegar al rostro.
Y después nada. Sólo una luz intensísima de duración indefinida, como un fuego purificador que no quema, que embriaga. Una vez que la luz se evapora, (sí, más que desvanecerse o apagarse se evapora) tienes unas horas para resolver asuntos con tu espíritu extracorpóreo, para visitar a familia y amigos, para ver el momento en que te dan sepultura.
En ocasiones pienso lo tristes que deben ser esas horas para quienes no tenían más nadie a quién visitar o a cuyos cuerpos no encontraron sino días después o jamás, y no pudieron ver descansar sus restos mortales. Por fortuna no fue mi caso. Vi a mi madre, a mi hermano quien me sorprendió con su presencia y aún más con sus lágrimas, y a varios compañeros de la prepa que juraba que no me tragaban. En realidad les era indiferente y creo que algunos hasta me tenían cierto aprecio, cómo uno termina apreciando a la vecina molesta que a veces le hace sonreir y le da material para hacerse de un buen paquete de anécdotas.
¿Que si me arrepiento? ¡Por favor, por supuesto que no! Tuve una vida como yo quise llevarla, y eso fue lo importante. Mejor morir así y a esta edad, que vivir ochenta años como autómata, con una sonrisa postiza, fingiendo felicidad y complaciendo a la zoo-ciedad. Yo prefiero mis caminatas diarias por aquí, esperando que un buen día me lleven hasta donde está Rocío. Sí, lo único malo de este lugar es su burocracia: es poco menos que imposible llegar a donde se encuentra Rocío Zarza, cuando te llamas Pablo Manrique y los ángeles insisten en disponer de nuestras estancias en orden alfabético. 2月26日 Modus operandi
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Esta es mi despedida de la Casa de Hades. Quería un final decoroso para ella y espero haberlo logrado; por ese motivo no había escritos desde Diciembre. Gracias a todos. Es oficial, el proyecto de la Casa de Hades está cerrado. 1月3日 Post MortemNo, ya no creo que los ojos sean el espejo del alma. No después de conocerla. Ese 24 de diciembre, yo iba con mi maleta mostaza en una mano, una mochila cruzada sobre el pecho y los oídos plenos de música nostálgica. Mientras esperaba la llegada del siguiente convoy, me detuve a pensar que el metro iba, afortunadamente, menos atestado de lo que había pronosticado. Entonces la vi.
Llevaba unos pants desgastados, una blusa muy sencilla y unos tenis que aparentemente llevaban ya un buen tiempo haciéndole compañía. El cabello corto, casi masculino, enmarcaba su rostro redondo. En la mano sostenía un bastón para invidentes, con el que golpeaba una y otra vez la pared que daba fin al andén. En el rostro podían leerse muchos sentimientos confusos, pero era evidente que el dolor era su común denominador.
-¿Le puedo ayudar en algo?- Las lágrimas casi se le escapaban como ratones nerviosos, las manos le temblaban tanto como la voz. Se esforzó para responderme y comenzó a contarme.
-Sí joven. Fíjese que hace una semana quedé con un amigo mío que íbamos a celebrar en su casa la Navidad. Bien claro le dije: nos vemos a las 5 en el metro Balderas, pero de la línea 1, la rosa, no te vayas a ir a la verde. Nos vemos hasta donde se para el último vagón, dirección Pantitlán. Le dije que le llamaba para confirmarle pero él me dijo que no, que ya estaba hecho. Me pidió que comprara varias cosas y aquí las traigo. No se vale que me haya quedado mal.
Fue entonces que me fijé en los bultos que estaban detrás de ella: un par de costales de rafia, uno de ellos lleno de Coca-colas y el otro lleno de trastos y otras bolsas más pequeñas. Me explicó que sabía cocinar a pesar de ser invidente. Pero -¿Puedo hacer algo? -Repetí, buscándole una salida a la impotencia que comenzaba a treparme por las manos.
-Sí joven, ¿puede ir a buscarlo del otro lado? A lo mejor se perdió, él tampoco ve, como yo. Búsquelo del otro lado y si no está vaya a ver a la línea verde, a ver si está. El me juró que iba a estar por aquí, no creo que me haya quedado mal. Búsquelo, ándele. Tiene el cabello quebrado, casi chino. Es como de mi edad.
No sé qué me impulsó más, si un deseo genuino por ayudarla o mis ganas de huir para no verla llorar, pero salí casi corriendo a buscarlo. Sin saber siquiera cómo se llamaba, eché una mirada al otro lado del andén, al final. Nada. Seguí buscando en otros puntos de la estación, con el pecho oprimido y pidiendo por un milagro mientras sentía que la voz se me quebraría también el primer intento de decir nada.
Todavía quedaba la línea 3. Mientras cruzaba el espacio destinado para el transborde, cruzaba los dedos mientras reflexionaba que realmente nunca había creído en esa superstición. Bajé las escaleras, pero él no estaba ahí, inspeccioné el andén una y otra vez, con la esperanza disminuida a cada nuevo recorrido.
Con el ánimo hecho polvo opté por volver a donde ella estaba. Caminaba despacio, mientras seleccionaba las palabras para comunicarle que no había encontrado a su compañero. Ahí seguía ella, dando golpecitos al muro con su bastón, como si el final del andén fuese de naturaleza escurridiza y fuera a cambiar de lugar de un momento a otro. A su lado un trío de jóvenes la miraba con extrañeza, uno de ellos se reía de ella en voz baja. Tuve que contener mis ganas de golpear al imbécil, preferí dirigirme a ella y hablarle claro.
- No está por ningún lado. Lo siento. - El silencio que precedió a mi sentencia fue turbio, y pesado. - ¿Trae usted celular? ¿Me lo presta tantito para hacer una llamada? -De inmediato se lo extendí, sin reparar en que necesitaría ayuda para utilizarlo. -¿Me puede marcar el número por favor? - Me dijo, mientras me hacía sentir un completo imbécil. - Claro, claro.
-No me contestan en su casa. Ay joven, no se vale que me haga esto, yo no tengo con quien pasar la Nochebuena, por eso me puse bien contenta cuando me dijo que si quería ir con su familia. Hasta compré todo lo que me encargó y preparé unas cosas. No se vale que me haya quedado mal.- Mientras sus palabras me barrenaban los nervios, pensaba en qué pasaría si llegaba a la casa de mi prima con ella, que era donde mi familia celebraría ese día.
¿Me tomarían por loco o imprudente, por llevar a una extraña que había conocido unas horas antes en el metro? ¿Alguien le haría una grosería? ¿Se sentiría cómoda entre mi familia, un grupo de completos desconocidos? ¿Y qué me hacía pensar que aceptaría venir conmigo? ¿Se sentiría insultada, objeto de mi lástima?
Tantas preguntas al mismo tiempo apenas y me permitieron percatarme del sonido de otro bastón, que se iba haciendo más intenso mientras se acercaba a nosotros. -¿Ya oyó? Vea, vaya a ver. Pregúntele que si se llama Gerardo.- La voz de ella me devolvió al espacio donde me encontraba. Presuroso levanté la mirada y me encontré con un hombre joven, con gafas oscuras, del brazo de una señora.
- ¿Es usted Gerardo? - Pregunté secamente con la lengua repasando las paredes de la boca a una velocidad increíble. - Sí soy yo.- Ella volteó el rostro hacia Gerardo. - ¡Menso! ¡Me dijiste que a las cinco y ya pasan de las seis! Pensaba que ya me habías quedado mal. -Perdóname,- repuso- es que me perdí. Pero esta señora me trajo y ya estoy aquí. Vámonos.
Feliz Navidad, les dije, aunque en realidad ignoro si me escucharon; sólo tenían espacio en la vida para sus sonrisas. Algún otro se habría indignado porque ni Gerardo ni ella nos dieron las gracias a la Señora y a mí. Yo no. Hay cosas mucho más grandes y valiosas que un “gracias”. Por eso no lamento no haber conocido su nombre. Ella me enseñó, en vísperas de Nochebuena, que la esperanza es la única estrella que puede llegar a florecer después de muerta. |
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